Anhedonia es un término que utilizan lo clínicos para referirse a la falta de reactividad frente estímulos habitualmente placenteros. Se habla de anhedonia cuando una persona manifiesta que
ha perdido la capacidad para experimentar placer y que ya no le interesan o resultan
satisfactorias
aquellas actividades que antes solían hacerlo.
El problema con el uso de términos clínicos es bien simple: la gente (trabaje en el área clínica o no)
suele acuñarlos de manera vana y superficial.
Vivir en Caracas es jugar con fuego,
todos los días.
En Caracas hay más muertes violentas cada fin de semana que las que señalan las estadísticas para toda una cuerda de países actualmente en guerra. Lo más terrible es que acá no hay indicadores de vulnerabilidad demasiado certeros. Es decir, en Caracas usted puede morirse por resistirse a una atraco o por dejarse atracar; por caminar un sitio peligroso o uno que se considera de lo más seguro; por caminar, nomás… o por estar sentado en esa determinada esquina de su casa en ese preciso momento cuando la bala perdida pasó por ahí. Usted se puede morir en cualquier momento, y de cualquier manera, gozando de la opotunidad de despedirse de sus seres queridos o pensando en ellos con un grito ahogado en la garganta.
Ahí quedó usted, si le toca. Ahí quedé yo, ahí quedó él, ella, cuando nos toque. Tal vez tengamos la gracia de morirnos de la manera en que siempre soñamos, según firmaba usted mismo/a en el chismógrafo del liceo algunos años atrás; tal vez lo hagamos de la manera en que más lo temíamos, la peor de todas.
Yo pienso todos los días en la muerte, como una caraqueña más. PEro además, pienso todos los días en la manera de morir que más me temo: a manos de cualquier persona que no me conoce, a la que le dé igual dejarme viva o muerta, y que no me recordará al otro día, ni al siguiente. Ni al siguiente. Me da miedo no tener un lecho de muerte desde el cual pueda apresurar palabras de despedida o algo así antes de que suene el pitico ese de que me morí.
Hoy, sin embargo, lo pensé diferente. Hoy pensé que, aunque no crea en dioses ( ni en fantasmas, ni en marcianos ni en ángeles) , definitivamente no puedo dejar de existir. Hoy me puse a pensar en qué va a pasar después de que me muera, ya que de todas todas me voy a morir. Y llegué a una conclusión: no me voy a desaparecer. Voy a seguir existiendo, pero con superpoderes. No pinta tan mal.
Entre mis nuevos superpoderes, probablemente estén:
Volar
Atravesar paredes
Ser invisible (eso es seguro)
No cansarme nunca
No tener hambre, ni sed
Teletransportarme
Hablar con los gatos
Claro que, pensándolo bien, sólo podría adquirir mis superpoderes perdiendo los poderes que no son tan súper. Algo así como una de esas actualizaciones de software que te cambian todo y que ya no se pueden echar para atrás.
A ver, hay que detenerse en esto. Entre los poderes que voy a perder, estarán:
Caminar
Tocar un timbre… y que me abran la puerta
Mirar a los ojos
Hablar al oído
Descansar
Comer chucherías
TRansportarme en autobús, mirando por la ventanilla y escuchando música
Caminar
Hablar con la gente
DEcir “yo te quiero”
Decir cualquier cosa
JUM… pensándolo bien, mejor le saco la chicha a mis poderes.
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Ojalá que el malandro de por la esquina
me perdone mañana otra vez.
Hoy se celebra el día del Psicólogo. Yo estudié Psicología, pero no soy Psicóloga. “No aún”, me dicen algunas personas cercanas.
Ayer fue el día del estudiante universitario. Yo ya no voy a las aulas a recibir clases, hace ya más de un año que no presento un parcial y dos desde que dejé de preocuparme por la carga crediticia y el promedio. Ya no me siento estudiante.
Tuve beca, vi pacientes, llevaba notas, tenía archivadores. Usé bata, usé tacones, me peiné con gelatina, asistí a congresos y fui a cursos de matrícula reducida. Me enfilé hacia el comedor, me tripié los conciertos, me uní a la “lucha de resistencia” contra los tomistas. Esperé largas horas en silencio por la publicación de un listado de notas e incluso tuve la oportunidad de llevar yo misma un listado de ésos a la dirección, como docente encargada.
Tampoco soy Psicóloga. Tengo conocimientos, tengo ideas, sostengo posiciones y podría debatir “desde mi punto de vista profesional”… pero estoy fuera de escena. No tengo título, y por lo tanto [bueh...], no tengo trabajo.
No tengo un piso/ organización desde el cual apuntar una descarga de opiniones, ni un aula de clases dentro de la cual debatirlos ”sin que pase nada”.